Cuando divise el humo azul de Itaca

arteBA, 2016

La Habana, 2019

Galería Del Infinito, 2019


Idea original y dirección: Matilde Marín
Edición y sonido: Ignacio Laxalde
Formato de proyección: mp4
Proporción: 1920 x 1080
FPS: 25
Sonido: Estéreo
Duración: 4 minutos



Idea original: Matilde Marín
Dirección y fotografía: Matilde Marín
Edición y sonido: Ignacio Laxalde
Formato de proyección: mp4
Codec: mpeg
Proporción: 1920 x 1080
FPS: 25
Sonido: Estéreo
Duración:



XIII Bienal de La Habana
2019, Ioioiio ioio ioiioio ioiioi ioiioioio ioioio oi ioio.



Cuando divise el humo azul de Itaca
2019, Ioioiio ioio ioiioio ioiioi ioiioioio ioioio oi ioio.


Fijar el humo

Por Adriana Almada*

Fijar el humo es detener el curso de la historia: hacer de todas las hogueras una. Así como Bertolt Brecht extraía de los periódicos los mapas y escenas del teatro de la guerra durante la segunda conflagración mundial y los montaba en su Arbeitsjournal (Diario de trabajo), o como mucho antes Aby Warburg, con su Atlas Mnemosyne, invitó a una re-lectura de la civilización europea a partir de la asociación libre de imágenes, Matilde Marín recortó y reunió, entre 2005 y 2011, cientos de fotografías de humo aparecidas en la prensa, con sus respectivas leyendas. Basta leerlas para tener una visión global de nuestro tiempo convulso: explosiones en campos de refugiados tras ataques extremistas; lanzamiento de misiles de corto y mediano alcance en Medio Oriente, pero también de transbordadores y sondas espaciales en Cabo Cañaveral y Tanegashima; industrias contaminantes; erupción de volcanes y lluvia de cenizas en la Patagonia, Islandia, Tonga o Italia; inmensos lagos de petróleo cubriendo Kuwait tras la guerra del Golfo; quema de neumáticos en manifestaciones y represiones violentas en Tarija, Buenos Aires, París, Karachi, Nairobi, Estrasburgo, Punta Arenas o Beirut; ataques a yacimientos de petróleo en Libia; vista aérea de la planta energética austríaca de Neurath; quema de chabolas en asentamientos de Johannesburgo tras manifestaciones xenófobas; choque de palestinos con el ejército israelí en Jerusalén Oriental; quemas controladas de crudo en el golfo de México; automóviles en llamas en las calles de Nanterre durante las protestas estudiantiles; bombas de humo en las marchas obreras en Marsella; represión a sangre y fuego de la mayor revuelta saharaui en Marruecos; columnas de humo en zonas atacadas por Corea del Norte; fuego frente al Parlamento de Londres; incendio en depósito de autos en Villa Soldati durante manifestaciones; el carnaval de Río amenazado por las llamas; bombardeos sobre Libia; fuego en Trípoli, Benghasi y Bin Yauad; nubes de humo blanco en Yamadamachi; alerta en Chile por gases tóxicos… A la lista interminable se suman algunas efemérides: el humo negro del ataque japonés a Pearl Harbor en 1941; un fotograma de La batalla de Argel (1966), de Gillo Pontecorvo; la explosión nuclear en el atolón de Mururoa, Polinesia francesa, en 1971; nuevamente el humo negro, esta vez saliendo del palacio presidencial de La Moneda durante el golpe de Estado de 1973; las Torres Gemelas envueltas en llamas poco después del impacto del segundo avión, aquel inolvidable 11 de septiembre de 2001. 

El humo suele ser la rúbrica de una catástrofe, como lo testimonian las cuatro fotografías escamoteadas a la censura (y al olvido) por los desesperados judíos del Sonderkommando en Auschwitz.6 El humo devino emblema del Holocausto. 

Los epigramas cambian, pero el humo permanece. En esta exposición Marín resume los documentos recopilados en una sola proyección fija: una monumental columna de humo negro que domina parte de la sala. Sus contornos definidos, y sin embargo lábiles, condensan los temores y amenazas de todo un siglo.7 Muy cerca, otros humos —más recientes— se muestran en movimiento y confirman, aquí también, el fin de una era: la espectacular implosión del Edificio 53, de Kodak, acontecida el 18 de julio de 2005 en Kodak Park (Rochester, Estados Unidos), donde se encontraba la cadena de fabricación de la base de acetato de la película fotográfica. Es un video documental que registra paso a paso, desde una toma aérea, el ritmo de la demolición programada: los tiempos medidos, la caída controlada de los grandes volúmenes, la alternancia de las humaredas, la trágica belleza de la destrucción.

Brevemente: la historia en términos de estallido, como diría Didi-Huberman.8

6 Georges Didi-Huberman analiza magistralmente el tema en Imágenes pese a todo. Memoria visual del Holocausto, Buenos Aires, Paidós, 2004.
7 Muchos de los registros de humo coleccionados por Marín encontraron destino en la publicación Cuando divise el humo azul de Ítaca (Buenos Aires, Kontemporánea Proyecto de Arte, 2012), proyecto editorial emprendido por la artista con José Emilio Burucúa y Marta Lambertini. Pero el humo de Ítaca es diferente. Es azul (gracias a los favores de una traducción inexacta de La Odisea). Es el humo ceremonial que celebra el retorno.
8 “Me parece muy importante que en un momento en el que la historia de Europa está siendo sacudida completamente, haya pensadores y artistas que se replantean la historia en términos de estallido y reconstrucción, que es a lo que podemos llamar —así lo llamo yo— conocimiento por el montaje”. Pedro G. Romero, “Entrevista a Georges Didi-Huberman”, Revista Minerva, 2007. Disponible en:
http://www.ddooss.org/articulos/entrevistas/Didi-Huberman.htm

*Adriana Almada: Escritora, crítica de arte, curadora independiente. Vicepresidente de AICA Internacional y presidente de AICA Paraguay.

El fuego que hemos construido

Por Jimena Ferreiro.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial –relata Georges Didi-Huberman– Aby Warburg hizo de sus múltiples investigaciones en el campo de la historia del arte una herramienta para intentar entender el conflicto, y de ese modo reunió un archivo demencial de documentos –“una especie de museo de la guerra”— donde comprendió que había vínculos muy estrechos entre la producción de las imágenes y la destrucción provocada por los hombres.2

Matilde Marín comparte una obsesión semejante, aunque formulada de un modo diferente. Su obra, tan prolífica como austera, gira en torno a una preocupación latente e insistente que atraviesa todo su trabajo. La memoria del hombre y sus modos de existencia hilvanan su producción, y tal vez por esa razón toda vez que se le pregunta sobre la utilidad del arte, responde sin dudarlo, que el rol del artista radica en ser “testigo”. Estar allí, ser narradora del tiempo presente y del vestigio del pasado, una tarea para la cual las imágenes se vuelven sus aliadas ominosas.

Desde 2005 Matilde reúne evidencias en un work in progress construido a partir de recortes de cientos de fotografías de humo aparecidas en la prensa gráfica, con sus respectivas leyendas: “Basta leerlas para tener una visión global de nuestro tiempo convulso”, señala.3 Finalmente cuando logró divisar un cuerpo considerable pudo advertir que “el humo estaba internamente ligado a la guerra, a los desastres ambientales y pocas veces a momentos gratos. Recorté muchos de ellos, y como siempre hago, una vez que tuve madura la idea, entonces comencé a trabajarla”.4 Lo que siguió fue una larga odisea de una obra que fue encontrando en su deriva sucesivas materializaciones. De este modo, Cuando divise el humo azul de Ítaca, se transformó en libro de artista en su primera versión, que también contiene una pieza musical compuesta por Marta Lambertini, para el cual José Emilio Burucúa agregó textos históricos, y que fue presentado en el Centro de Experimentación del Teatro Colón en 2012. En el contexto de la feria arteBA de 2016, se incorporó un video sobre la implosión de la fábrica 53 de la Eastman Kódak Company donde se producía la película para cámaras analógicas: “el final de una época, sin duda”. También se exhibió en el marco de su exposición antológica en 2017, donde el video de la Kódak se espejaba en una gran imagen de humo sobre pruebas nucleares en el pacífico.5 Finalmente, en abril de este año la serie fue exhibida en la XIII Bienal de La Habana donde trabajó con las portadas de los periódicos, en una selección de eventos que incluyen registros de la amenaza climática frente a la polución de CO2 de la central eléctrica de Belchatow en Polonia; la explosión nuclear en 1971 en el atolón de Mururoa en la Polinesia Francesa; la fractura del golpe militar de Salvador Allende en 1973 en El Palacio de La Moneda; la devastadora ola de incendios que arrasó el Peloponeso en 2007; el indiscriminado abuso de recursos naturales en el Amazonas durante los últimos 20 años; o las recientes nubes de cenizas del volcán islandés Grímsvötn. “Cicatrices contemporáneas que Matilde Marín retrata”.6

1 “El fuego que hemos construido” es la última canción del disco La Dinastía Scorpio (2011) de la banda El mató a un policía motorizado.
2 George Didi-Huberman, “La exposición como máquina de guerra”, en Minerva, Madrid, 2010.
3 Correspondencia con la autora, Buenos Aires, 17 de julio de 2019.
4 Marcela Costa Peuser, “Matilde Marín, Artista invitada a la Bienal de la Habana”, en arte on line, 25 de abril de 2019.
5 Arqueóloga de sí misma, curada por Adriana Almada en el Espacio de Arte de la Fundación OSDE.
6 Texto de sala, XIII Bienal de La Habana, 12 de abril-12 de mayo de 2019.

Cuando divise el humo azul de Itaca (2003 – 2019) Work in progress

Desde 2005 Matilde reúne evidencias en un work in progress construido a partir de recortes de cientos de fotografías de humo aparecidas en la prensa gráfica, con sus respectivas leyendas: “Basta leerlas para tener una visión global de nuestro tiempo convulso”, señala la artista. Finalmente cuando logró divisar un cuerpo considerable pudo advertir que “el humo estaba internamente ligado a la guerra, a los desastres ambientales y pocas veces a momentos gratos. Recorté muchos de ellos, y como siempre hago, una vez que tuve madura la idea, entonces comencé a trabajarla”. Lo que siguió fue una larga odisea de una obra que fue encontrando en su deriva sucesivas materializaciones.

Cuando divise el humo azul de Ítaca, comprende un libro de artista que también contiene una pieza musical compuesta por Marta Lambertini, y textos históricos de José Emilio Burucúa. El libro fue presentado en el Centro de Experimentación del Teatro Colón en 2012. Durante el año 2016 Marín incorporó el video Fábrica que representa la implosión de la 53ª fábrica de la Eastman Kodak Company donde se produjo la película para cámaras analógicas.

Finalmente, en abril de 2019 la serie fue exhibida en la XIII Bienal de La Habana donde trabajó con las portadas de los periódicos, en una selección de eventos que incluyen registros de la amenaza climática frente a la polución de CO2 de la central eléctrica de Belchatow en Polonia; la explosión nuclear en 1971 en el atolón de Mururoa en la Polinesia Francesa; la fractura del golpe militar de Salvador Allende en 1973 en El Palacio de La Moneda; la devastadora ola de incendios que arrasó el Peloponeso en 2007; el indiscriminado abuso de recursos naturales en el Amazonas durante los últimos 20 años; o las recientes nubes de cenizas del volcán islandés Grímsvötn. “Cicatrices contemporáneas que Matilde Marín retrata”.

“La fotografía me facilitó el registro social y la posibilidad de documentar la naturaleza y editarla”, reflexiona la artista señalando que el paso de la mano al ojo (o mejor dicho, del grabado a la fotografía), amplificó su campo de acción y la intensidad de sus investigaciones. Sin embargo, aunque la coyuntura se hace presente en su obra volviéndose un imponderable, Matilde desarrolló la destreza para que su arte se ubique más allá del acontecimiento. Y es por ello que además de referir a los desastres, estos humos se abren como un umbral en búsqueda de otros sentidos. El humo escapa a la medida, es inconmensurable y deforme como un fantasma en el espacio; es ancestral y enigmático, predictivo y adivinatorio como el vuelo de los pájaros, el sonido de los cuencos o el rodar de las piedras. El humo que provoca el fuego es también depuración y sanación, castigo y mal augurio. En esta cadena de significantes está pensando Burucúa cuando recuerda que: “Del pasado nos llegan, sin embargo, otras experiencias del fenómeno, desde su manifestación en el sacrificio de las grandes religiones, acto sagrado por antonomasia, hasta su valor metafórico que aludió alguna vez a la acción del amor y de la ira en el fondo del alma”.

No es casual que el título haga referencia al humo azul de Ítaca –la ceremonia del retorno del héroe en los poemas homéricos—, donde humo significa promesa (“cuando divise”, dice en modo condicional). Una celebración que se volvió más poética y caprichosa por un error de traducción que aplicó el adjetivo de azul allí donde no estaba en su versión original. Gran favor para la historia de las imágenes y para estas crónicas que organizó Matilde Marín que nos permiten pensar aquellos humos con otras cualidades.

Las imágenes que invoca Matilde Marín contienen la furia y el enigma de todos los tiempos, tal vez porque el fuego sigue siendo una de las más esenciales y cautivantes, que nos recuerda que la destrucción es génesis del arte, en una perpetua dialéctica de aniquilación y redención.

Cuando divise el humo azul de Ítaca

En el canto X de la epopeya Homérica, Odiseo desciende al Hades para consultar con el adivino Tiresias. El profeta tebano le vaticina un arduo regreso a su ciudad natal. El héroe, en su anhelo de retorno, prefiere desvanecer a yacer inmortal junto a la ninfa Calipso. Y en un soplo de deseo, divisa el humo ceremonial de su tierra, el humo musculoso de una vida con aún asuntos por resolver. Un humo atemporal, como metáfora de la vida de la humanidad.

Cuando divise el humo azul de Ítaca es un proyecto producido por la artista Argentina Matilde Marín entre 2005 y 2019. La suite presentada en el marco de la 13va edición de la Bienal de la Habana -‘La construcción de lo posible’- es un conjunto de obras profundamente arraigadas en las circunstancias sociales y políticas de nuestro tiempo. La obra parte de una investigación rigurosa de archivo de artículos periodísticos que la artista reexamina para indagar en catástrofes, ya sea naturales o incurridas por los hombres y ‘reconstruir’ los acontecimientos históricos a partir de su singular reinterpretación visual.

La amenaza climática frente a la polución de CO2 de la central eléctrica de Belchatow en Polonia; la explosión nuclear en 1971 en el atolón de Mururoa en la Polinesia Francesa; la fractura del golpe militar de Allende en 1973 en El Palacio de La Moneda; la devastadora ola de incendios que arrasó el Peloponeso en 2007; el indiscriminado abuso de recursos naturales en las Amazonas durante los últimos 20 años; o las recientes nubes de cenizas en Europa del volcán islandés Grimsvötn; son algunas de las cicatrices contemporáneas que Matilde Marín retrata en esta pieza.

Junto a este compendio de fragmentos, la artista presenta el video filmado la mañana del 18 de julio de 2015 en Rochester, Nueva York, cuando caía en el Kodak Park, otra joya del imperio de la fotografía.  En un canon irreparable, como cornos de una orquesta, los pilares de la que una vez fue la fábrica 53 de la Eastman Kódak Company, yacían uno a uno bajo una veladura de humo blanquecino. Pilas de óxido, concreto y metales, transmutaban en polvo en un proceso alquímico de destrucción. Lo que alguna vez produjo lo único capaz de capturar el tiempo, se convertía en tan solo un recuerdo.